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Friday, October 22, 2010

Veinte otoños bajo un cielo invisible

Las fantasías de un amor inalcanzable se nublaban ante un cielo invisible, que se teñía de gris en cada supuesto atardecer. Sus sueños empalidecían con cada puesta de sol. Ella pasaba su vida soñando que lo volvería a encontrar. Lo imaginaba volviendo desde las sombras del recuerdo, para jugar con su pelo, como lo había soñado en sus locos deseos.

Ella miraba el techo y pintaba su rostro cada noche en su taller, lo creaba con arcilla y lo moldeaba con la pasión de sus dedos, tratando de no llorar, conteniendo las lágrimas con las pocas fuerzas que le quedaban.

Pasaron veinte otoños hasta que las puertas de aquella cárcel se volvieron a abrir. Aunque de alguna manera él siempre estuvo presente, su entrada fue un imán irresistible. En su rostro parecía no haber pasado ni un solo día, aunque sus labios parecían resecos y su piel no lucía igual.

Se arregló su traje y observó que las ventanas seguían tapadas, como las había dejado mucho tiempo atrás. En cada rincón del taller había pinturas y pequeñas esculturas que recreaban su rostro casi a la perfección.

Su cara dibujó una sonrisa y con una mirada imponente y penetrante la hipnotizó una vez más. No fueron necesarias las palabras, ella se arrojó a sus brazos, acarició su piel de marfil y le ofreció su cuello desnudo. Fueron sólo unos segundos de amor, para luego pasar al más cruel y sádico banquete, en el que ella fue el plato principal.

Luego de saciar su sed, la arrojó indolente junto a un rincón. No había culpa ni pena en su ser. No le importaba vaciar un cuerpo de vida, ni dejar un alma sin amor, sólo le importaba su sed.

La fotografía que se incluye junto al texto de mi cuento pertenece a la galería de imágenes de mhiguera y es compartida bajo licencia Creative Commons.

Monday, August 2, 2010

Como la Luna al Mar

Como la luna al mar
Era una fría tarde de Abril, en la que la lluvia azotaba las calles y el viento golpeaba las ventanas. La tarde se despedía sin pena y sin gloria, cuando el timbre sonó, y me paralizó el corazón.

El cartero estaba enfundado en un discreto pilotín amarillo. En su mano llevaba un paquete. Firmé la hoja y con mucha curiosidad fui a mi habitación para abrirlo. Me sorprendió leer tu nombre en el remitente. Siempre me habías hecho los regalos en mano ... pero tal vez era una nueva idea tuya para sorprenderme una vez más. Le quité todo el envoltorio rápidamente y me encontré con una caja azul y blanca. Al abrirla recordé ese juego que compartíamos cuando yo era niño. Siete sobres numerados y dos llaves guardadas en un cofrecito de metal. Lo llamábamos “Como la luna al mar”, aunque yo no sabía bien por qué. Las reglas decían que una vez cumplida cada consigna había que abrir el siguiente sobre y al final habría un premio especial.

Con desconcierto busqué el primer mensaje.
“En el llavero dorado está la llave de mi casa. Entra tranquilo, nadie te molestará”

Hacía mucho que no pasaba por allí, creo que desde que no estás ... la casa parecía abandonada. Encendí la luz y dejé los sobres arriba de la mesa.Me senté un momento para pensar, pero nada se me ocurrió, así que leí el segundo mensaje:
“En el armario azul hay un ropa para tí. Puedes cambiarte tranquilo, nadie te verá.”.

Era un traje que tenía un estilo un poco antiguo, pero estaba como nuevo y me quedaba a la perfección. La siguiente consigna me estremeció:

“La llave grande pertenece al cuarto que siempre permanece cerrado. Ten cuidado al entrar”

Muchas veces había soñado con lo que escondía esa habitación ¿Juguetes? ¿Bicicletas? ¿Dulces, tal vez? En ese momento los nervios me atacaron. Abrí con cuidado la puerta y encendí la luz. Me sorprendió ver el viejo sillón ... a mi memoria vinieron los recuerdos de meriendas, dibujos animados, autitos, soldaditos y … los agudos ladridos de Amsterdam en el salón.

Cuando leí el siguiente mensaje, me sentí como el detective que sigue pistas sin razón ...
“Siéntate en el sillón y presiona el botón. ¡Cuidado con el sacudón!”

Un sorprendente dispositivo estaba montado en el apoyabrazos.
Al sentarme recordé todos esos años en los que me cuidaste, cuando perdí a mamá y a la abuela. Siempre sentí tristeza por tu soledad, pero muchas veces me explicaste que tus investigaciones y tus trabajos tenían prioridad.

Lo que viví al seguir las instrucciones no puedo describirlo con palabras. Sentí que mi cuerpo se dividía en un millón de partículas, que mi alma salía del cuerpo y que todo desaparecía a mi alrededor. Una luz muy brillante me cegó y una potente vibración me estremeció. De pronto todo se calmó y sentí que volví a ser uno. Con la mano derecha toqué mi cara, mi boca, mis orejas, todo parecía estar en su lugar. Temblando, abrí el sexto sobre, que llevaba en el bolsillo del traje:

“Sal de la casa. Verás todo diferente. No tengas miedo. Dirígete al parque, alguien te estará esperando. El último sobre debes abrirlo cuando tu corazón lo dicte. No me decepciones”
Al salir de la casa el impacto fue monumental. Las calles de tierra, el carro del lechero, las casas bajas, la gente vestida con trajes y sombreros que hacía décadas no se veían por aquí y mi atuendo, que ahora tenía una explicación.

En ese momento pensé: “¿Estoy loco o es sólo una sensación?”
Caminé a paso rápido hasta la plaza. Comencé a mirar todas las caras. Pero ninguna me decía nada ... hasta que vi a esa mujer parada ahí ...

Una hermosa joven de ojos verdes y cabello pelo rubio, que sostenía un sobre que me era familiar.
Sólo tardé un segundo en encontrarte detrás de su mirada, no fue difícil hallarte sin las arrugas, ni los cabellos blancos ... porque hasta con los ojos cerrados podría reconocerte, en cualquier tiempo y en cualquier lugar.
Te miré y me sonreíste. Bajaste la mirada y tomaste el sobre que llevabas guardado en tu cartera. Con delicadeza lo abriste y tus ojos se llenaron de lágrimas mientras lo leías. Desesperado abrí mi sobre, y no pude contener la emoción al leer el mensaje final:
“Como el sol cuando acaricia las montañas, como la luna al mar. Te amo con locura, no dejemos nunca de jugar.”

Thursday, June 24, 2010

El anzuelo perfecto


“El alma tiene ilusiones, como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene.”
Victor Hugo

Nunca imaginé sentir un amor tan intenso que me hiciera pensar en volver. Jamás había experimentado en un cuerpo una sensación tan fuerte como aquella que viví en el instante imborrable que justificó toda mi existencia.

La paz de este lugar me hace sentir que estoy en el cenit, abrazado por ángeles alados que me acarician y me hacen sentir amado. Pero esa emoción imperturbable no es nada si no estás junto a mí. No puede existir una sensación de plena felicidad sin tu presencia.

Podrán pasar miles de años, pudrirse millones de cuerpos y estallar todas las estrellas del universo, pero juro por lo más sagrado de la esencia que me ha dado la existencia que te buscaré en cada reencarnación y cuando te encuentre seremos tan felices como en aquel momento en que fuiste mía en otra vida.

Es muy extraño el placer de sentir como vibra la eternidad en mi ser y, al mismo tiempo, saber que no estás. Aunque si lo pienso mejor, quizás ese sea el plan. El anzuelo perfecto que nos hace regresar siempre al lugar del que decidimos partir una y otra vez.


La fotografía que se incluye junto al texto de esta entrada pertenece a la galería de Krystn Palmer Photography y es compartida bajo licencia Creative Commons.

Wednesday, June 16, 2010

Por una sonrisa

"El alma tiene ilusiones, como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene" Victor Hugo

Apoyé mi cabeza sobre una dura y fría almohada de piedra. Cerré los ojos y aspiré una tormenta de aire que congeló mi alma. Desperté con una puntada en el pecho en medio de la más solitaria noche glacial que puedan imaginar. Sentí que mi cama era un témpano y que mi cuerpo se transformaba en una capa de hielo más en aquella inmensidad. Mis ojos sólo eran capaces de ver un paisaje gris, de montañas lejanas y nubes eternas. Un horrible zumbido me atravesó los oídos, como una flecha de acero. Mis dedos permanecían entumecidos, incapaces de dar o recibir una caricia.

Consumido en una angustia infinita por ese aterrador paisaje de un alma en pena, me encontré solo y atormentado en medio de un huracán de sensaciones que me atrapaban. Vi mi propio cuerpo caminando por el túnel más oscuro y tétrico que puedan imaginar, ese que me asustaba de niño y al que jamás quisiera regresar. No había ninguna luz en mi camino, ni siquiera aquella que nos espera al final del recorrido. Mi esperanza se había puesto de rodillas y mis nervios habían tirado la toalla, rendidos ante la realidad más triste y sombría que puedan imaginar en sus días de mayor dolor.

Fue entonces cuando una sonrisa cambió el clima de mi vida. Detuvo las tormentas de la noche polar, transformó mi lecho de hielo en una cama de suaves hierbas e hizo que mi almohada de piedra se transformara en delicadas plumas para mi cabeza. Esa sonrisa era más brillante que el sol y tan hermosa como las flores cuando combinan sus colores para ser las más bellas del jardín.

Y fui árbol, con raíces fuertes y renovadas. Y mis brazos fueron firmes ramas capaces de soportar los frutos de mi alma. Y mis pensamientos se hicieron trinos de pájaros, cantando la canción más bonita del mundo. Y esa sonrisa le devolvió la esencia a mi existencia, convirtiendo un frio invierno en una primavera llena de colores, risas y flores.

La fotografía que se incluye junto al texto de esta entrada pertenece a la galería de David Paul Ohmer y es compartida bajo licencia Creative Commons.

Sunday, May 9, 2010

En sus manos

En su mirada tenía tatuada la fascinante expresión de sorpresa que sólo un niño puede reflejar, aunque resultaba algo extraña en un hombre de su edad. Sus ojos habían observado con asombro algo que probablemente no volvería a contemplar hasta el fin de sus días.

Por un instante olvidó que ella no tenía alas y que los milagros son sólo de dominio divino. Se llevó las dos manos a la cara y se dejó llevar por un llanto que le nació desde el pecho y estalló en sus ojos con la fuerza de un océano. Todavía sin poder controlar ls lágrimas, quiso tomarla de la mano, pero ella le invitó a sentarse con la mirada más dulce que un hombre haya podido ver en este mundo.

Recostado sobre el suelo, se encontraba el pequeño gato que había sido sanado con las manos milagrosas de aquella dama. Ante los ojos de aquel anciano, no había ciencia, ni tecnología que pudieran explicar aquel milagro. La mujer se retiró tan rápido como llegó, dejándole una sonrisa que lo acompañaría hasta las últimas horas de su existencia.

Sin salir de su asombro, el anciano contempló como su pequeño gato se ponía en cuatro patas y ensayaba sus primeros pasos, luego de aquel terrible accidente, que le arrancó por unos instantes la vida. El hombre se acercó a su amigo felino y le acarició la cabeza.

Con esfuerzo se sentó en una silla y aún con lágrimas en los ojos, trató de recordar aquellas palabras que no pronunciaba hacía mucho tiempo. En cuanto la memoria le dio un guiño, juntó sus manos y rezó.

Aunque jamás pudo olvidarla, nunca más volvió a verla. Sin embargo, al dar su último suspiro, él supo que ella estaba allí, tomando su mano para sanar sus penas y acompañarlo en su nueva vida.

Saturday, December 19, 2009

Besos de amor

Aquellos besos que ya no vuelven
convierten mi vida en algo raro

tus besos eran mi faro la única luz
que guiaba mi rumbo
en la oscuridad del mar
y la tormenta
no existe nada igual
que aquellos besos míos ....
tus besos, aquellos besos
tan dulces
como aquellos besos
nuestros
que son del color de tu ropa interior
siempre me volvieron loco de amor … (Aquellos besos – Andrés Calamaro)

Le dio el beso más dulce que jamás imaginó poder entregarle. Le acarició el pelo y la miró a los ojos, con la ternura de quien mira al amor de su vida.

Ella tenía los ojos clavados en el infinito y ni siquiera percibió aquella dulce acción. Sin embargo, él volvió a abrazarla y a besarla como el primer día. Le acarició el rostro, pasó sus labios sobre sus mejillas y le susurró algo al oído.

La mujer se mantenía recostada en la cama, mientras él hacia todo lo posible para volver a conquistarla. Parecía que no perdía la ilusión de regresar a aquellos días de amor y pasión que los habían unido años atrás. Pero ya nada sería igual para los dos.

Él le acarició la mano con dulzura, y una vez más le pidió perdón al oído. Con cuidado, retiró el cuchillo del cuerpo de su amada y se recostó junto a ella.

Con firmeza sostuvo el cuchillo con sus dos manos, con el filo apuntando a su propio pecho. Bajó ambos brazos con la firme convicción de que estaba haciendo lo el destino había decido para él y lo hundió en su piel.

La sangre comenzó a brotar. Primero suavemente, luego con mayor vehemencia. Con sus últimas fuerza, el hombre terminó de hundir el cuchillo en su cuerpo e inclinó la cabeza para ver, por última vez el rostro de su amada tal como la recordaría siempre, con la ilusión de volver a encontrarla en otra vida.

No hubo un túnel, ni una luz al final del camino. Tampoco llegó ella vestida de ángel para rescatarlo y perdonarlo. Sólo hubo sombras y oscuridad, las que lo cubrieron por el resto de la eternidad.

La fotografía que se incluye junto al texto de esta entrada pertenece a la galería de Matthias Rosenkranz y es compartida bajo licencia Creative Commons.

Saturday, February 28, 2009

Como una lágrima en el mar (para toda la eternidad)

Amor marchitoComo una lágrima en el mar se perdió mi amor, entre las olas que lo arrastraron hasta su final. Como un niño entre la gente se puso a llorar mi amor, desprotegido y abandonado en un rincón. Como una flor marchita sobre la piedra se entristeció mi amor, herido y prisionero del dolor.

Mil veces rogué por tu amor, un millón de veces grité tu nombre y en una infinidad de ocasiones me diste la espalda. Ya no puedo siquiera llorarte, porque mis lágrimas no sirven para calmar mi dolor.

Mis labios han comenzado a olvidarte, mis dedos ya no dibujan corazones en la arena y tu rostro ya no aparece frente a mí cada día. Es difícil pensar en una existencia sin ti, pero más difícil es imaginar un camino de espinas juntos.

Yo solamente quisiera poder decirte adiós, pero quizás esa palabra me termine de partir el corazón.

Un millón de estrellas acompañaron nuestras más intensas noches de pasión. Una luna tan grande como tus ojos, nos baño con el brillo de su luz, cuando la ciudad dormía su sueño gris.

Nunca encontraré a nadie como tú. Jamás volveré a sentir el fuego de unos labios como los tuyos, ni tampoco podré dormir sobre otra piel como la que recubre el calor de tu cuerpo. Es el precio que debo pagar, por una pasión que me devoró el corazón. Es el castigo de una relación que no pudo ser feliz.

Ahora me despido, flotando en el aire como llegué. Le hablaré a las nubes de tu piel, le contaré a las estrellas de tu pelo, le susurraré a la luna sobre un amor que se esfumó y rogaré porque en otra vida te vuelva a ver y en ella seas mía para toda la eternidad.

La fotografía que se incluye junto al texto de esta entrada pertenece a la galería de macroninja y es compartida bajo licencia Creative Commons.

 
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