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Sunday, February 7, 2010

Fuimos como el amor y las penas, como la primavera y el otoño

Muchas veces el tiempo puede deteriorar hasta las más hermosas historias de amor y en algunos casos sólo nos quedamos con esa última fotografía de lo que el viento se llevó.

Es curioso como la vida nos lleva por caminos de flores y espinas, pero la última sensación es muchas veces la que nos queda y la que nos marca para siempre, dejando atrás todo lo demás.

Claro que el amor es una de las sensaciones más intensas que nos puede tocar vivir en esta vida y, tal vez, por eso es que todo lo que se relaciona con él lo atesoramos con mucha intensidad, para bien … o para mal.

Observar nuestro pasado con un dejo de nostalgia, pero con una perspectiva diferente, puede ayudarnos a ver con un poco más de objetividad una historia llena de pasajes subjetivos, tan íntimamente vinculados con nuestros sentimientos, y tan poco enlazados con la razón.

¿Cuántas veces le hemos pedido a una historia que se vaya y que no regrese, para no llorarla más?

¿Hasta qué punto podemos hundirnos en un océano de lágrimas para tratar de ahogar las penas de un amor que se terminó?

Quizás lo mejor sea mirar a la cara a esa historial y decirle “Fuimos …” y, de a poco, tratar de no llorarla más …

Fui como una lluvia de cenizas y fatigas en las horas resignadas de tu vida...
Gota de vinagre derramada, fatalmente derramada, sobre todas tus heridas.
Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve, rosa marchitada por la nube que no llueve.


Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza que no puede vislumbrar su tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora, que no reza, que no llora, que se echó a morir.


¡Vete!
¿No comprendes que te estás matando?
¿No comprendes que te estoy llamando?
¡Vete!
No me beses que te estoy llorando
¡Y quisiera no llorarte más!
¿No ves?
Es mejor que mi dolor quede tirado con tu amor, librado de mi amor final
¡Vete!
¿No comprendes que te estoy salvando?
¿No comprendes que te estoy amando?
¡No me sigas, ni me llames, ni me beses, ni me llores, ni me quieras más!


Fuimos abrazados a la angustia de un presagio por la noche de un camino sin salidas.
Pálidos despojos de un naufragio, sacudidos por las olas del amor y de la vida.
Fuimos empujados en un viento desolado, sombras de una sombra que tornaba del pasado.
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza, que no puede vislumbrar su tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora, que no reza, que no llora, que se echó a morir.

(Fuimos - Letra: Homero Manzi)


La fotografía que se incluye junto al texto de esta entrada pertenece a la galería de mrhayata y es compartida bajo licencia Creative Commons.

Saturday, December 19, 2009

Besos de amor

Aquellos besos que ya no vuelven
convierten mi vida en algo raro

tus besos eran mi faro la única luz
que guiaba mi rumbo
en la oscuridad del mar
y la tormenta
no existe nada igual
que aquellos besos míos ....
tus besos, aquellos besos
tan dulces
como aquellos besos
nuestros
que son del color de tu ropa interior
siempre me volvieron loco de amor … (Aquellos besos – Andrés Calamaro)

Le dio el beso más dulce que jamás imaginó poder entregarle. Le acarició el pelo y la miró a los ojos, con la ternura de quien mira al amor de su vida.

Ella tenía los ojos clavados en el infinito y ni siquiera percibió aquella dulce acción. Sin embargo, él volvió a abrazarla y a besarla como el primer día. Le acarició el rostro, pasó sus labios sobre sus mejillas y le susurró algo al oído.

La mujer se mantenía recostada en la cama, mientras él hacia todo lo posible para volver a conquistarla. Parecía que no perdía la ilusión de regresar a aquellos días de amor y pasión que los habían unido años atrás. Pero ya nada sería igual para los dos.

Él le acarició la mano con dulzura, y una vez más le pidió perdón al oído. Con cuidado, retiró el cuchillo del cuerpo de su amada y se recostó junto a ella.

Con firmeza sostuvo el cuchillo con sus dos manos, con el filo apuntando a su propio pecho. Bajó ambos brazos con la firme convicción de que estaba haciendo lo el destino había decido para él y lo hundió en su piel.

La sangre comenzó a brotar. Primero suavemente, luego con mayor vehemencia. Con sus últimas fuerza, el hombre terminó de hundir el cuchillo en su cuerpo e inclinó la cabeza para ver, por última vez el rostro de su amada tal como la recordaría siempre, con la ilusión de volver a encontrarla en otra vida.

No hubo un túnel, ni una luz al final del camino. Tampoco llegó ella vestida de ángel para rescatarlo y perdonarlo. Sólo hubo sombras y oscuridad, las que lo cubrieron por el resto de la eternidad.

La fotografía que se incluye junto al texto de esta entrada pertenece a la galería de Matthias Rosenkranz y es compartida bajo licencia Creative Commons.

 
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